El
Rioja y el sexto sentido.
Artículo publicado en el Periódico La Rioja el sábado, 12 de Diciembre de 1998 |
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EL vino de Rioja va bien, no hay duda. Cosechas récord, precios al alza de materia prima y producto embotellado, persistente aumento de presencia en los mercados internacionales y subidas constantes en las cotas de calidad y prestigio prefiguran un horizonte despejado y un futuro brillante de la Denominación. Pero el sexto sentido nos advierte de que no es oro todo lo que reluce. No nos dejemos engañar por los espejismos de bonanza y pongamos los pies en la viña, hagamos caso del sexto sentido. ¿Y qué nos cuenta el sexto sentido? Para empezar que estamos ante un producto voluble, cuya realidad está estrechamente vinculada a fenómenos caprichosos como la meteorología, los avatares de la demanda y, también, los de la oferta, de una oferta rígida oligopolística y administrada en parte desde Bruselas, en parte desde Madrid, en parte, al fin, desde los tres Gobiernos Autonómicos de La Rioja, Navarra y País Vasco. También tienen algo que aportar al oligopolio los subsectores (el viñedo y elaboración, ambos representados a partes iguales en el Consejo Regulador. Y seamos positivos al respecto; muchos puntos de vista hacen converger hacia una verdad, si no depurada, probablemente democrática. Por ello hay que asumir un cierto grado de conflictividad competencia y de diferentes estados de opinión que, a veces, ofrecen una panorámica de aparente enfrentamiento que a más de uno encandila. Pero precisamente por ello hay que apelar al consenso y a los intereses generales que no pueden sino buscar una evolución armónica y positiva de este sector clave, tan evocador de la imagen de país, que es el vino en general, y el de Rioja en particular. Es precisamente en la herramienta básica de la imagen, la promoción exterior, en donde más se percibe el rechinar del contraste de pareceres. Los lógicos egoísmos de unos defienden la única verdad de una política de promoción marquista, mientras que los mismos lógicos egoísmos de los otros esgrimen las bondades de una promoción genérica. Las administraciones en medio de las posturas de unos y otros, con los matices de rigor Bruselas apunta a una 0CM barata, Madrid reclama el interés nacional y, razonablemente, las Autonomías abogan por sus intereses. Y hay que insistir, la diversidad de criterio debe converger en el concepto de buena imagen. Puesto que a todos interesa y beneficia la mejora de la imagen y la profundización de los esquemas de promoción del producto, partamos de esta base de consenso. Pero maticemos que, en definitiva, promoción genérica o marquista no deben ser aspectos alternativos, sino complementarios; de hecho no son más que la misma cosa. ¿Acaso no es genérica la existencia de la etiqueta con las menciones de país, denominación, pago y marca? ¿Es que una presentación agrupada de vinos deja de ser un acto de promoción genérica? Y no lo serian menos las invitaciones a prescriptores de opinión, las catas, las ferias especializadas o los seminarios como tampoco, en el limite, deja de ser promoción de la denominación el éxito parcial alcanzado por mareas especificas en mercados concretos. Resulta patente que la promoción genérica arrastra a las marcas y que, a la recíproca, las marcas inciden en la imagen genérica. Aceptado este axioma, la deducción es fácil: la promoción genérica es deseable y positiva para el conjunto. Ahora bien, no vale cualquier promoción genérica, sino aquella que satisfaga las aspiraciones del conjunto y los objetivos definidos. Es decir se trataría de encontrar una fórmula de consenso, máxime cuando lo que se pretende es que todas las partes la cofinancien. ¿Que sentido tendría, dé otro modo, hacer una promoción contra alguna de las partes implicadas? Y termino con un apunte sobre precios. Hay acuerdo en que los precios son el reflejo de una situación de mercado, pero también informan acerca de más cosas: nos ilustran sobre los costes de materia prima, sobre procesos de elaboración y acerca de los valores añadidos que incorporan. Pues bien, parece oportuno señalar que los precios de Rioja no reflejan elevados costes de comercialización, es decir, adolecen de relativamente insuficientes estrategias de diversificación de mercados, internacionalización y agresividad comercial, lo que se traduce en unos precios cercanos, como media, a la suma de los costes del kilo de uva (en franca progresión) y de los de elaboración, quedando poco precio para pagar la comercialización. Así las cosas, podemos concebir lo que llamaríamos el Plan 1000 (1000 millones de ptas), que comportaría disponer en una etapa inicial de unos fondos suficientes aportados por bodegas, viticultores y administraciones y cuyo destino podría pactarse de antemano. La situación actual, en la que la promoción corre exclusivamente a cargo del ICEX con el débil apoyo de algunas marcas, no estaría a la altura del prestigio acuñado, contra viento y marea, por la DOC en el mercado internacional. Este Plan 1000-del que podría nacer un Plan 2000-supone doblar el montante actual dedicado a la promoción exterior del vino de Rioja. Ello a su vez predetermina la posíbilídad de duplicar acciones como misiones inversas de prescriptores de opinión, degustaciones y catas de campaña en las capitales mundiales, tanto tradicionales como emergentes, acaso hacer realidad una "Escuela Riojana de Enología y Gastronomía", contar con la frecuente presencia en La Rioja de chefs y sumilleres del mundo, superar la asignatura comercial de los mercados asiáticos, editar y difundir masivamente el mejor material promocional, hacer extensivo "El Vino y los cinco sentidos" a otras geografías, dar cobertura a simposios y seminarios monográficos, etc. Este es, pues, el significado de ese sexto sentido al que hemos aludido: conseguir que el vino de Rioja no solamente vaya bien, sino que vaya excelentemente bien. |
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