Vinos
de garaje.
Artículo publicado en la revista Sibaritas. |
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En los últimos meses voy observando que algunos de mis colegas y hosteleros, henchidos de cierto aldeanismo, andan preocupados por los elevados precios de ciertos vinos llamados de "alta expresión", posiblemente victimas de aquel rancio aforismo que decía "el vino español, el mejor vino barato del mundo", cuando en realidad hasta hace poco su imagen internacional era de vino plonk o corriente. Precisamente ahora que las tarifas españolas no son tan atractivas, comparadas incluso con las que gastan los tradicionales competidores como Francia e Italia, nuestras exportaciones van de perlas gracias al espectacular aumento de la calidad e imagen de nuestros vinos. Pero hay quien sigue clamando al cielo de que algunas de esas marcas que seducen en otros países como L'Ermita, Pingus o el tinto Gran Selección de Pérez Pascuas, por poner algunos ejemplos, tengan precios de grand cru classé. Y es que estos chicos no se han dado cuenta de que, ya en nuestro país y por primera vez en la historia, los precios de algunos vinos insignes no son precisamente de catalogo sino de licitación. Un mercado de cotización a cualquier precio y, lógicamente, de mínima demanda pero que arrasa con unas existencias microscópicas con serias dificultades para crecer debido a razones tan indiscutibles como un viñedo especial, su vejez, orientaciones, suelos, bajos rendimientos y una elaboración al filo de la obra de arte. Son los que en Francia se llaman vins de garage o microvinos, un negocio que nace primero de la respuesta singular de un viñedo para, después, pedir prestada la bodega del vecino o hacer el vino en una pequeña nave con medidas de garaje rural y con un utillaje de juguete adaptado a las pequeñas producciones -algo impensable hace 15 años-. Así nació la bodega de Álvaro Palacios y los Clos Erasmus, Belondrade-Lurton, Calzadilla en Cuenca y Pingus entre otros. Pero ya antes tomaron la delantera algunos americanos desertores de la ciudad que decidieron irse a Napa en los años Setenta (cuando comenzó la nueva era de los vinos de California) a montar microbodegas de no mas de 1.000 cajas anuales como Crescini, Channing o Cache entre un gran número de aventureros. Una situación que en los últimos diez años esta teniendo fuerza incluso en Burdeos gracias a la irrupción de vinos desconocidos cuyas producciones apenas superan las 600 cajas anuales, pero con precios superiores a los históricos grand cru classé. Nombres como Valandraud, con tan sólo dos hectáreas de viñedo, la Mondotte con cuatro, le Dóme con casi dos o el ya veterano Le Pin que llegó a ser el vino mas caro del mundo cuando en 1982 se pagó en una subasta más de 4.300.000 pesetas por una caja de 12 botellas. Hace diez años, Christian Moueix, propietario de Pétrus, me decía en una entrevista que le hice para ElPais que el valor de estos vinos se dispara a partir de la primera transacción de la bodega con el negociant (a un precio de sólo el 25% del que llegará a tener en la tienda). »Nosotros -decía- no podemos controlar el precio de cotización fuera de la bodega». Es evidente que los compradores de Pétrus sabían perfectamente que la calidad del vino no se correspondía con su precio. Simplemente, adquirían un estatus rentable para sus relaciones sociales. "¿Cree usted que el precio de un Rolex o la cotización en bolsa de las acciones de una gran empresa se corresponden con su valor real?". Así zanjaba la cuestión Moueix, convencido de que las obras de arte -como Pétrus- se adquieren por el valor en el mercado de demanda. No hay que escandalizarse de que mi amigo Quim Vila -uno de los vendedores de vinos mas expertos de España- comience a pedir anticipos/reserva de las próximas cosechas de L'Ermita y de que vaya a vender la añada del 98 a 21.875 pesetas botella, nada menos que 9.000 pesetas mas que la cosecha anterior. No vale tomar a Vega Sicilia como paradigma del "bien escaso", ya que sus subidas de precio son bastante mas moderadas (estarnos ante una producción de 75.000 botellas de la mítica marca frente a las 5.000 de Pingus o las 6.500 de L'Ermita). Hablar de vinos caros a estos niveles resulta tan estúpido como inútil, ya que es confundir la tarifa con la cotización. Si el vino no es extraordinario, el alto precio cavará su propia tumba. En caso contrario, su precio sideral será un valor añadido para proyectar aquello de "la elegancia social del regalo". No se cotiza la compra de un crianza a un buen precio para guardarlo. Lo que cuenta, precisamente, es invertir en vinos caros que den buena imagen, como cuenta invertir en buenos coches, trajes, perfumes o relojes. El alto precio de un vino de gran reputación, aunque sea desmedido, se convierte en un valor de poder. |
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